La educación que es un derecho

Por Tomás R. Villasante – 26/01/2022

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Conectar la vida dentro y fuera de las aulas es una labor pendiente. La superación de esta división permitiría conectar la vida con los conocimientos y, además, desjerarquizar los conocimientos. Abrir las aulas a la comunidad y partir de la vida cotidiana es una fórmula que parece adecuada para identificar motivaciones sentidas y compartidas que puedan impulsar procesos de co-creatividad.

Antes de avanzar algunas prácticas posibles para que la educación pueda ser un factor importante en la vida de la gente, vinculada a sus intereses y a una calidad de vida más saludable, quisiera partir de una auto-reflexión desde los síntomas que me parecen evidentes después de unos 50 años de docencia (en colegios y universidad).

El alumnado no sabe para qué sirve la mayor parte de las cosas que les obligan a estudiar, cuando salen al recreo con sus amistades empieza la vida mejor, cuando van a sus casas empieza la vida real (más o menos patriarcal). Pero para una gran mayoría la escuela es un artificio incomprensible en lo vital, en las emociones, pues, aunque se pueda racionalizar su necesidad, se toma más como una carga que como una alegría.

El profesorado entra en las rutinas y repite año tras año lo mismo, e incluso se pueden llegar a aburrir en lo que hacen. Por ejemplo, a mi me ha pasado, a pesar de intentar cambiar los métodos en la Universidad. No hay incentivos de creatividad en las tareas educativas. Si solo se queda una/o por el sueldo, se desconfigura la misión de la educación, y además eso lo suele notar el propio alumnado. Cuando se le pone sentido y pasión a la clase también se nota, y en esos casos es de agradecer.

En realidad, estamos en mundos separados. Dentro y fuera de los muros de las aulas se viven emociones muy distintas. Y no solo el profesorado y el alumnado, pues cuando otros profesionales planteamos hacer, por ejemplo, algo de “desarrollo comunitario”, necesitaríamos colaborar con los colegios (profesorado, alumnado, y familias) pero esto se torna muy difícil. Hay mucho miedo (no saber y/o conocer la localidad, riesgos de salir a la calle y críticas de familiares, etc.) Pocas veces lo conseguimos, a pesar de que a las y los chavales les suele encantar, y habría ventajas para la educación y para los propios barrios o pueblos.

Una de las ventajas de poner más prácticas reales en la vida de la educación es lo que Christian Laval llama desjerarquizar los conocimientos: “Salvar la brecha entre la llamada cultura técnica práctica y la llamada cultura científica teórica”… pues se trata de que “la cultura común debe incluir la cultura técnica desde el inicio de la escolarización… el vínculo sistemático entre el pensamiento y la actividad a la que puede conducir, al menos cuando la enseñanza no consiste en la repetición rutinaria sino en el razonamiento en la práctica”.

O sea, vincular los conocimientos con la vida, con las prácticas que por sí mismos se pueden experimentar, sentir que se puede ser creativos o incluso co-creativos en las tareas que se van realizando. Con Laval: “La cultura técnica es precisamente el campo que mejor atestigua las capacidades creativas del ser humano en relación con su entorno”. Salir a la vida local y emocional, vincular los conocimientos de los libros, o de los videos, con la vida y los lugares que se hacen cotidianamente, es una forma fructífera para que los aprendizajes se encarnen y tengan un sentido de apropiación.

Esto no está reñido con el uso de las tecnologías sino todo lo contrario, porque hoy hay que empezar por conocer en las prácticas para qué sirven, vinculándolas con lo que pueden engañar o con lo que pueden facilitar. Todo está hoy mediado por nuevas tecnologías que se renuevan con bastante rapidez, y no sirve de nada decir que hay que guardarlas o que son peligrosas según como se usen. Lo que sí se puede hacer es usarlas con casos reales y mostrar que son distintas de las vivencias cara a cara y que pueden dar una imagen falsa según sean manipuladas.

Tanto el salir a espacios abiertos como usar las tecnologías puede contribuir a que sea con juegos apropiados. Y que en un ambiente creativo y colectivo se pueden construir conocimientos prácticos, normas comunes, vivencias solidarias, hasta regulación de las agresiones, e incluso “una ética y… una estética de la vida”. También por la propia experiencia puedo afirmar, como escribió Michel Serres sobre las clases de gimnasia, o Albert Camus con el fútbol, que el deporte (sobre todo el de equipo) puede ser una forma de generar compañerismo, superación, y acotar las agresiones, si se entiende de manera más colaborativa y menos agresiva.

Es posible articular las tareas manuales y las intelectuales, en cada persona y en cada grupo, conjuntando las diversas inteligencias y habilidades que siempre hay. Ya en Gramsci, en Bourdieu, o en Laval, podemos encontrar propuestas superadoras para desjerarquizar los conocimientos, es decir, no separar y premiar a quienes van a ser orientados para una formación intelectual de aquellos otros que se les orienta por sus habilidades más prácticas y menos valoradas. Se trata de poner los medios para ser algo más que trabajadores subordinados en la relación salarial.

En los ejemplos para hacer algo co-creativo, que vamos a poner ahora, partimos de la vida cotidiana, porque son las motivaciones de la creatividad en común de todas las partes las que interesan como motivaciones. Organizarse para articular inteligencias diversas y vivir sus resultados positivos es una base para que haya democracias más reales y no tantas luchas por ser “el mejor”, por egos en peleas constantes, valorando tanto la producción manual como la intelectual, la artística como los cuidados en el grupo, y experimentando que es posible la camaradería (que en la adolescencia es muy posible y la mejor forma de educación).

Vivimos que, a un muchacho, que solo le gustaba el futbol y que no estudiaba lo que se le mandaba, una profesora lo castigó a estudiar ¡solo y en la biblioteca del colegio! Muy distinto fue que se encargase de recoger todos los lunes los resultados de la liga del fin de semana, y desde ahí hiciese cálculos y estadísticas matemáticas, y todo esto lo compartiese con los demás alumnos/as. Es como partir de la motivación de lo que se quiere hacer y desde ahí que los grupos puedan avanzar, ser creativos.

Se puede salir a la calle para reconocer (fuera del aula) que la vida real tiene números (en los comercios), perspectivas en las casas y proporciones matemáticas, y hay pesos y fuerzas naturales en los parques, que hay literatura y artes en las paredes (comparación de grafitis, o incluso realización como hemos hecho). Se puede llegar a la lengua a través de hacer juegos de palabras o de buscar los personajes de las calles en las que nos movemos, o de identificar en películas sus trucos, o hacer un guión de una serie, o programas de radio (como también hicimos en nuestro pueblo).

En Sevilla pudimos acompañar que en los colegios públicos grupos de amigos en las clases pudieran diseñar sus propuestas para el presupuesto del centro y el del barrio, a propósito de los Presupuestos Participativos de aquellos años. Un día bajaban al patio sus propuestas, y por allí pasaban las madres y padres, y el resto de alumnado y profesorado, y se decidía democráticamente qué era lo prioritario, y qué delegados los iban a defender. Una democracia desde los grupos naturales, y con responsabilidades colectivas, muy distinta de elegir un representante del alumnado, por ejemplo, a quién cargarle toda la responsabilidad.

También se suele implicar a algunas madres y padres, a familiares, a que enseñen oficios concretos, y se puedan practicar en algunas ocasiones, incluso con la comunidad. Con la técnica del Oasis (durante un mes) pudimos arreglar un parque de un pueblo, como en otras ocasiones se había hecho de un barrio. Dar a la creatividad colectiva su oportunidad y saber “hacer preguntas a las preguntas”: ¿para que sirve esto? ¿cómo podemos hacer que diversos grupos o entidades colaboremos? ¿cómo ganarnos la autoestima propia y el aprecio de la comunidad cercana? ¿cómo redactamos y contamos lo hecho?

Es posible navegar por internet y comprobar que, en otras partes del mundo, en otras épocas, en otras historias, hay cosas muy interesantes, y se puede avanzar en nuevas propuestas sin copiarlas. La vida cotidiana propia y la que podamos observar son una fuente continua de posibilidades, y que la educación sea un estímulo para investigar con los nuevos medios, e incluso para comparar y criticar lo que nos dan, con lo que vivimos y con fuentes de otro profesorado y compañeras/os es una gran oportunidad.

Referencias

Antonio Gramsci, «L’organizzazione della scuola e della cultura «, Gli Intellettuali, Ed. Riuniti, Roma, 1975, p. 145
Michel Serres, Mis profesores de gimnasia me enseñaron a pensar, Le Recherches Midi, París, 2020, p. 30-31.
Tomás R. Villasante, Redes de vida desbordantes: fundamentos para el cambio desde la vida cotidiana. La Catarata. Madrid, 2014.
Tomás R. Villasante, Democracias transformadoras. Experiencias emergentes y alternativas desde los comunes. El Viejo Topo. Barcelona. 2017.
Christian Laval y Francis Vergne, Educación democrática, cultura técnica y la contribución de Gramsci. Viento Sur. Madrid. 2021. vientosur.info/boletin/newsletter186