Recuperando la memoria

Por Salomó Marqués – 17/05/2021

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El pasado mes de abril conmemoramos el 90 aniversario de la proclamación pacífica de la Segunda República. Una República breve, de poca duración. En algunos territorios finalizó de manera violenta cinco años después al iniciarse en julio de 1936 una guerra civil, la desgracia más tremenda que puede sufrir un país. En otras zonas sobrevivió en guerra algunos meses o pocos años más. Se instauraba una dura y larga dictadura. Quedaba un país con vencedores y vencidos.

Sobre el olvido no se puede construir ninguna convivencia.
Para poder avanzar hay que conocer todo el pasado y afrontarlo.
– Michelle Bachellet

Han pasado noventa años y merece la pena rememorar los profundos cambios promovidos por las autoridades republicanas en el campo de la educación, especialmente durante el bienio reformista (abril 1931-setiembre 1933). Destacar especialmente la promulgación del Plan Profesional, un nuevo plan de formación de maestros y maestras con contenidos mucho más profesionales; se aplicó ya el curso 1931-1932. Los futuros maestros podían estudiar la carrera una vez finalizado el bachillerato. El plan constaba de tres cursos formativos y un año de prácticas remuneradas. Se trataba de un salto cualitativo para la formación de las nuevas generaciones de maestros. Destacar también las propuestas de formación permanente para los maestros en ejercicio (escuelas de verano, etc.)

Por otra parte merece la pena destacar la lucha contra el analfabetismo, incluso en los frentes de guerra, y la política de construcciones escolares, en un país en el que faltaban más de 27.000 escuelas en todo el territorio. La introducción de las lenguas vernáculas en una España plural; el impulso de una escuela activa, coeducativa y laica; etc. Desde el inicio de la República quedaba claro que las autoridades republicanas consideraban la educación una pieza fundamental para transformar el país, para mejorarlo, para hacerlo más democrático, más europeo, más justo… La escuela era una pieza fundamental para conseguir que los que estaban condenados a ser súbditos pudieran ser ciudadanos conscientes de la República.

Los gerundenses siempre que hablamos de la República evocamos las manifestaciones pacíficas y festivas del 14 de abril y el nombre de la muchacha que puso la bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento. Antonia Adroher, la joven abanderada estudiante de Magisterio, posteriormente será la primera mujer concejala del Ayuntamiento republicano de la ciudad. El primer alcalde de la capital provincial fue Miquel Santaló, profesor de Geografía en la Escuela Normal y promotor de una enseñanza activa. Y el presidente de la Diputación fue Cassià Costal, el director de la Escuela Normal. Evidentemente siempre que en Girona hablamos de la República, le añadimos «de los Maestros/as». Igualmente recordamos que por primera vez el ministro de Instrucción Pública fue un maestro: Marcelino Domingo.

El recuerdo de la política educativa de la República va conectado a la memoria de tantos hombres y mujeres que en las escuelas públicas, y en algunas privadas, de todo el país no escatimaron esfuerzos para conseguir una educación obligatoria de calidad para todos los niños y niñas, a pesar de las dificultades que suscitaron algunos sectores ante el cambio profundo de la política escolar, de manera especial por la incorporación de la coeducación y la enseñanza laica.

Estos profesionales aplicaron con entusiasmo una enseñanza activa mediante la observación y la experimentación, en algunos casos aplicando las propuestas pedagógicas renovadoras utilizadas en países europeos -Dewey, Montessori, Claparède, Decroly y, especialmente, Freinet- y las revistas escolares que intercambiaban con escuelas de todo el país. Los pedagogos europeos eran conocidos y sus metodologías aplicadas entre el magisterio, un colectivo plural desde el punto de vista político, sindical y profesional.

La sinopsis más breve y más clara de la escuela republicana me la expresó en Tijuana (México) la maestra Mª Lluïsa Bargalló, exiliada en 1939. A mi pregunta de qué hacían en la escuela, respondió: «Nosotros les enseñábamos a pensar, no a almacenar». Frase profunda que completaba la petición que Raimon Torroja, maestro de Arenys de Munt, dirigió al Ayuntamiento de la población a principios de la década de los años 30 de eliminar de las aulas la tarima por !antipedagógica! Torroja también se exilió, en Caracas, después de pasar años en la prisión de Barcelona y no resistir el clima nacional católico de la dictadura.

El núcleo de la educación republicana no era el maestro o la maestra sino los niños y niñas, cada uno con personalidad propia. No se trataba de aprender de memoria sino de pensar libremente. Esta era la diferencia fundamental entre el modelo educativo republicano y el de la monarquía. Un modelo educativo que, evidentemente, tenía también connotaciones sociales y políticas. Se trataba de un cambio radical no solo educativo: pasar de ser súbditos a ciudadanos. La victoria militar de los sublevados contra la República democrática acabó de manera radical con este modelo escolar y con los maestros y maestras que educaron por caminos de libertad y democracia.

Y aquí empieza la dura historia del exilio y de la depuración que ha marcado generaciones y generaciones de hombres y mujeres durante la dictadura y también en la democracia. Una democracia que actualmente aún gasta más en aspectos militares que en cultura. Afortunados aquellos maestros y maestras que estaban en territorios fronterizos porque salvaron la vida, aun a costa de un exilio forzoso y, en bastantes casos, sin retorno. Un desarraigo que en algunos casos supuso un aporte positivo en los países de acogida (México, Venezuela, etc.) donde pudieron continuar ejerciendo aquel magisterio renovador que habían practicado durante la república. Destacan en este sentido los colegios creados con ayuda económica del gobierno republicano en el exilio en México capital y la red de colegios Cervantes creados en ciudades de diferentes estados: Córdoba, Jalapa, Veracruz, Tapachula, Mérida, Cuernavaca, Tampico, etc. En la actualidad aun funciona el Colegio Cervantes, en Torreón, creado el curso 1939-1940 por el maestro leridano Antoni Vigatà Simó y hoy dirigido por Antonio Méndez Vigatà.

Y también una historia de fusilamientos y asesinatos que afectaron directamente a quienes no pudieron escapar del territorio. La historia del maestro Antoni Benaiges de la escuela nacional mixta de Bañuelos de Bureba (Burgos) asesinado brutalmente los primeros días del alzamiento contra la República, es un claro ejemplo de la dureza y violencia de los rebeldes. Sergi Bernal, el descubridor y difusor de esta interesante biografía, narra de qué manera este maestro revolucionó la escuela aplicando la metodología Freinet y con la creación de una revista escolar. Benaiges les prometió enseñarles el mar, en Mont-roig del Camp, en casa de sus familiares. No fue posible. Los falangistas lo asesinaron.

Y un silencio que, más o menos ha continuado, después de la larga y dura dictadura. El historiador Josep Fontana en una entrevista a la prensa lo manifestaba con contundencia: «La gente ha olvidado que uno de los esfuerzos más importantes de la República fue el intento de modificar la sociedad española mediante la educación y la cultura. Fundó escuelas, nombró maestros, dotó de bibliotecas a todos los ayuntamientos. Hizo un esfuerzo admirable. Los otros lo decapitaron: cerraron escuelas, mataron maestros, quemaron libros. Recuperar toda esta memoria sería muy importante».

Y este silencio, este olvido y esta recuperación apremiada por Fontana continua siendo uno de los retos en la actual democracia, demasiado mitificada y poco criticada: dar a conocer nuestra historia reciente. Es necesario explicar en la escuela las consecuencias de la pérdida de tantos hombres y mujeres líderes de la renovación pedagógica; no solo la pérdida humana sino también la pérdida cultural y pedagógica; explicar las consecuencias de la instauración de la escuela nacional católica y el retroceso pedagógico que comportó; y el silencio y el miedo que dominaron muchos años en el magisterio; y hacer hincapié en la historia partidista explicada por los vencedores de la guerra; etc.

El mes de noviembre de 2008 en el congreso sobre la Memoria Historia celebrado en Salamanca, Juan Gelman, poeta argentino y Premio Cervantes, manifestó de manera contundente: «Se van los dictadores y llegan los organizadores del olvido». Y añadió: «Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego la justicia. Sólo así el olvido es verdadero». Años más tarde la historiadora Montserrat Duch afirmaba: «Una cultura democrática en una sociedad como la española no puede basarse en la amnesia, ni en la carencia radical de criterio. La memoria colectiva del pasado inmediato debe ser cuidada por los poderes públicos como factor de convivencia colectiva. Conocer para comprender». (¿Una ecología de las memorias colectivas? La transición española a la democracia revisitada. Ed. Milenio, 2014)

Después de años de democracia debemos plantearnos qué historia se explica en las escuelas. Y qué formación reciben los futuros maestros y maestras, ¿conocen la historia reciente del magisterio? ¿la pérdida humana y cultural que comportó el exilio de maestros y maestras? ¿qué escuela y qué país tendríamos si se hubiese consolidado la escuela republicana? ¿qué maestros y maestras tendríamos si conociesen esta historia silenciada y se considerasen dignos herederos intelectuales de tanto magisterio exiliado?