Pandemia y Educación

Por Xavier Besalú – 30/08/2021

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La pandemia nos ha hecho conscientes, por si lo habíamos olvidado, de los límites de la condición humana, de la vulnerabilidad que nos afecta (…) y requiere de una pedagogía de la singularidad que exija a los docentes afinar los sentidos para tratar de conocer a fondo a cada uno de sus alumnos con sus circunstancias…

Foto: Víctor Saura

Es una evidencia que la pandemia, que desde hace muchos meses afecta a toda la humanidad, nos ha dejado claro que vivimos un periodo crítico: una crisis que no es únicamente sanitaria y económica, sino que también es planetaria, política –como mínimo por la restricción generalizada de derechos, y ciertamente escolar. No sólo por el cierre repentino de todas las instituciones educativas entre marzo y junio del año pasado, sino también por las condiciones en que han podido reanudar su labor y por las limitaciones de todo tipo a que se han visto sometidas las actividades paraescolares (salidas, extraescolares, colonias, etc.), deportivas, artísticas o de ocio educativo. No es extraño, pues, que algunos analistas se hayan hecho eco de la inquietud de los existencialistas, que vivieron en un tiempo tan convulso y desesperanzado, en Occidente, como lo fueron los primeros cuarenta años del siglo XX. Una mirada que pone el foco en la singularidad de la experiencia de cada persona; en la fragilidad, la ambigüedad y la vulnerabilidad de la condición humana; en la desconfianza hacia todos los absolutos, ideológicos, científicos y religiosos; en la libertad individual, atributo irrenunciable pero que conlleva a la vez soledad, incertidumbre, angustia vital…

La pandemia nos ha hecho conscientes, por si lo habíamos olvidado, de los límites de la condición humana, de la vulnerabilidad que nos afecta desde que nacemos hasta el fin de nuestros días, de la ambigüedad moral inherente a nuestras decisiones y acciones. Los humanos no somos ni buenos ni malos por naturaleza y, por ello, nuestras trayectorias vitales no son lineales, sino cambiantes y reversibles, ni están predeterminadas por más que pesen los condicionantes socioeconómicos y culturales que nos acompañan y las propias capacidades y discapacidades. Este es un dato extraordinariamente relevante, porque la educación –como ha escrito Meirieu- debe ayudar a los individuos a desarticular y rearticular su historia y su futuro; debe comprender y juzgar simultáneamente, pero sin excusar ni cerrar puertas; debe rastrear los auténticos márgenes de libertad que tienen y explorar obstinadamente con ellos las posibilidades alternativas y los recursos disponibles; y, sobre todo, darles confianza sin dimitir nunca.

Pero es que los humanos somos a la vez seres profundamente relacionales, como ha puesto de manifiesto el confinamiento domiciliario, municipal o comarcal. De hecho, son estas relaciones las que acaban conformando nuestro ser, son las relaciones –con nuestros familiares, con los vecinos, con los amigos, con los compañeros de escuela, con los maestros, con los seguidores e interlocutores virtuales…- las que nos ayudan a crecer. Siguiendo a Freire, nadie educa a nadie y nadie se educa a sí mismo, sino que nos educamos en comunidad, mediatizados, interactuando, con un mundo que nos interroga y nos desafía: en las relaciones con la naturaleza, en las relaciones con los demás, en las relaciones con uno mismo y también en las relaciones con el misterio, con lo que nos conmueve y no acabamos de comprender. He aquí la importancia de los centros escolares, especialmente los públicos, que ponen a las criaturas en contacto con personas y modos de hacer muy diversos, que abren ventanas a paisajes y modelos distintos de los familiares, que muestran sin artificios que las personas concretas no responden a los estereotipos, que las apariencias no son la realidad, que la amistad es poderosa y que podemos ser dueños de nuestro destino.

Por todo ello podemos afirmar que aprender a vivir juntos es, hoy día, uno de los retos fundamentales de la educación. Porque tenemos que aprender a vivir juntos en sociedades complejas, globalizadas y desconfiadas, con un presente desasosegante y un futuro incierto, en unas relaciones que inevitablemente generarán conflictos, que tendremos que afrontar con convencimiento y flexibilidad al mismo tiempo, con respeto y ganas de escuchar las razones del otro, separando siempre el problema de las personas. Y, una vez más, nos tendremos que referir a la ambigüedad inherente a los humanos, a la capacidad que tenemos tanto de hacer el bien como de hacer el mal, porque lo determinante, más que las disposiciones personales, acaban siendo las fuerzas situacionales, los factores sistémicos que, si no se ofrece resistencia, acaban arrastrándonos al conformismo, al gregarismo, a la pasividad, al miedo paralizante. Para hacerles frente, tendremos que aprender y practicar la reflexión antes de actuar, a asumir la responsabilidad por las decisiones tomadas y las actuaciones realizadas; tendremos que reivindicar la independencia personal y los espacios de intimidad frente a la presión del grupo o de los que tienen poder, y negarnos rotundamente a etiquetar, humillar y hacer burla de los demás…

Y hacer hincapié en la singularidad de cada individuo, porque no hay dos personas iguales, aunque tengan la misma edad, aunque pertenezcan a la misma familia, aunque hayan pasado por las mismas escuelas. Necesitamos reivindicar la singularidad frente a la igualdad. La igualdad de acceso, de condiciones, de salida, en educación, la igualdad de oportunidades, es, por supuesto, un principio incontrovertible, que queda lejos, no obstante, en su abstracción, de la experiencia educativa y relacional concreta, sobre todo si se traduce en prácticas homogeneizadoras, al querer tratar a todos de la misma manera y exigirles lo mismo. Tanto en la familia como en la escuela, el lenguaje de la igualdad termina siendo injusto. Pero la alternativa, la atención a la diversidad, se ha demostrado que tampoco es la solución. De hecho, se trata de una constatación descriptiva indiscutible, pero resulta que el calificativo de diverso se ha transformado en una etiqueta negativa, que se ha acabado por aplicar a un sector de la población escolar, no a todos, aquel que sale de la norma establecida, aquel que no encaja en los esquemas habituales, los que generan algún tipo de problema en la acción educativa estandarizada. ¿Cómo puede ser que en tantos institutos existan los llamados ‘grupos de diversidad’? ¿Cómo es posible que algunos inspectores aún pregunten cuánta diversidad hay en un aula o en un centro? La pedagogía de la singularidad obliga a los docentes a afinar los sentidos para tratar de conocer a fondo a cada uno de sus alumnos con su circunstancia; a huir de los diagnósticos, demasiado a menudo realizados con prisa y sin contrastar, y de las ‘derivaciones’, que pueden condicionar en gran medida la vida escolar de los afectados; a diversificar los recursos y las formas de acceder al saber; a ayudar más a aquellos que más lo necesitan y en pedir el apoyo, si es necesario, a los demás alumnos y profesionales.

La pandemia nos ha permitido también comprobar la eficacia del engranaje neoliberal que, sin hacer demasiado ruido, pero sin desfallecer, ha ido transformando a la ciudadanía, como ya había pronosticado Sennett, en consumidores, despolitizados y desmovilizados, orgullosos de los propios méritos y logros, preocupados esencialmente por los suyos y por el futuro más inmediato; en clientes indignados con unas instituciones que no les atienden como se merecen, incapaces por sí solas de garantizar el mundo feliz y ordenado a que supuestamente tenían derecho. Hoy, más que nunca, necesitamos una educación que favorezca la reflexión y el debate, la argumentación razonada y la crítica, el contraste de ideas y el recurso a la ciencia, siempre provisional, pero también iluminadora. Una educación que nos ayude a pensar autónomamente, conscientes de lo que no sabemos y de lo que no podemos prever, pero obligados a tomar decisiones en medio de esta ignorancia, a reaccionar lo más adecuadamente posible, más allá de la resignación y el cinismo, de las falsas promesas de salvación a la carta, de los líderes carismáticos que proclaman haber visto la luz. Una educación que nos ayude a reconectar con nosotros mismos y con los demás, que enfatice las responsabilidades personales y colectivas, que nos abra los ojos al gran mundo, que nos permita imaginar un futuro esperanzador, condenados como estamos a ser libres, como decían los existencialistas…